Decreto de Megara

Segunda Guerra del Peloponeso (Primera Parte)

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La Primera Guerra del Peloponeso llegó a su fin en el año 445 a.C. gracias al tratado de la Paz de los Treinta Años, cuyo fin era prevenir otro estallido de la guerra. Atenas se vio forzada a abandonar sus posesiones en el Peloponeso, que incluían los puertos megarenses de Nisea, Pegae en Trecén y Acaya en la Argólida, pero pudo conservar Naupacto. Tambien las polis neutrales podían unirse a uno u otro lado, implicando que se había formalizado una lista de aliados por cada bando y Atenas y Esparta mantendrían los territorios pendientes de arbitraje. Ambas Ligas se reconocían como legítimas, lo que suponía un impulso para Atenas y su recién formado imperio en el Egeo. Sin embargo, esta paz duró solamente 13 años, dando inicio a la (segunda) Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.).

Primer desencadenante: Batalla de las Islas Síbota

Fueron tres los acontecimientos que condujeron a la reanudación de la guerra. El primero nace de la intervención de Corinto en la stasis (guerra civil) entre demócratas y oligarcas de su colonia de Epidamno en el Adriático. Al enviar colonos y una guarnición, los oligarcas de la ciudad pidieron ayuda a Corcira, aliada de Atenas y dueña de la segunda flota militar más grande de Grecia, la cual respondió con un asedio por mar de 40 barcos mientras los exiliados y sus aliados ilirios cercaban la ciudad por tierra. Cuando los corintios enviaron una expedición formada por naves y contingentes aliados, Corcira solicito el arbitraje de la Liga del Peloponeso y del oráculo de Delfos, pero como los corintios se opusieron, se entabló una batalla naval frente al promontorio de Leucimna, en la que vencieron los corcireos, tomando Epidamno por la fuerza y obligándola a firmar la capitulación.

Dos años después de su victoria naval, Corcira solicitó su inclusión a la Confederación de Delos, puesto que Corinto estaba preparando una gran flota para consumar su venganza. Según Plutarco, los atenienses enviaron una flota de diez trirremes, una mínima escuadra disuasoria, bajo el mando de Lacedemonio (hijo de Cimón de Atenas) y posteriormente otro contingente de 20 naves, con la orden expresa de no trabar combate con Corinto a menos que intentaran desembarcar en la isla.

Ambos ejércitos se enfrentaron en la Batalla Naval de las Islas Síbota. Corcira y Atenas con 110 trirremes y 12.000 soldados, contra Corinto y su inmensa flota de 150 trirremes y 10.000 hombres. En vez de intentar chocar y hundir los otros barcos como solía hacerse, ambos bandos intentaron embarcar en las naves de sus oponentes y así librar una batalla de tierra pero en el mar, luchando con hoplitas, arqueros y lanzadores de jabalinas. Las naves atenienses, aunque eran parte de la línea de batalla, no se unieron a esta ya que los corintios no habían intentado desembarcar en la isla.

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Trirremes griegos

Los barcos corcireos de la izquierda se encaminaron al ala corintia de la derecha, persiguiendo a todos los que regresaban a su campamento en la costa. El ala izquierda corintia tuvo más éxito y los atenienses fueron forzados a esperar la ayuda de sus aliados. Sin embargo, los corintios fueron vencedores y navegaron a través de los restos de las naves derrotadas matando a todos los que podían encontrar (incluyendo, sin saberlo, a algunos de sus propios aliados que habían sido derrotados en el ala derecha).

Los corcireos y los atenienses se dirigieron hacia Corcira para defender la isla, pero cuando los corintios llegaron, se retiraron inmediatamente al ver que más naves atenienses estaban en camino. Al día siguiente, las nuevas naves atenienses amenazaban con una segunda lucha si los corintios intentaban desembarcar en Corcira. Los corintios prefirieron retirarse antes que arriesgarse a otra batalla. Tanto Corinto como Corcira reclamaron la victoria, los corintios que habían ganado la primera batalla, y los corcireos que habían evitado una ocupación de su isla. Corcira concluyó un epimachía (alianza defensiva) con Atenas para no vulnerar las cláusulas de la Paz de los Treinta Años, que conllevó la presencia ateniense en los puertos de Corcira, impidiendo a Corinto frenar la expansión ateniense hacia Occidente.

Segundo desencadenante: Batalla de Potidea

El segundo acontecimiento catalizador de la guerra fue la Batalla de Potidea, conflicto armado que sucedió en las inmediaciones de dicha ciudad en el año 432 a.C. en el que se enfrentaron atenienses contra un ejército de corintios, potideatas, y otros aliados de la Liga del Peloponeso. Potidea era una importante colonia corintia desde hacía 170 años pero al final de la invasión persa se había convertido en miembro de la Confederación de Delos, por lo que rendía tributo a Atenas. Tras la batalla de Síbota, Atenas exigió a Potidea que expulsara a los magistrados corintios, enviara rehenes y demoliera la muralla que daba a la península de Palene (de esta manera quedaría expuesta a un ataque por mar y facilitaría el control por parte de la flota ateniense). Los atenienses temían que Potidea se rebelara debido no solo a la influencia corintia sino tambien a la del rey Pérdicas II de Macedonia, quien alentaba deserciones entre los aliados de Atenas en Tracia debido a la alianza que la ciudad había pactado con su hermano Filipo y su enemigo Derdas, quienes conspiraban en su contra.

Pérdicas buscó desestabilizar al imperio ateniense enviando embajadores a Esparta para incitar el estado de guerra y negociando la sublevación de algunos territorios cercanos, como Calcidea y Botiea. Los atenienses descubrieron las intrigas del rey macedonio y para prevenir la rebelión de sus aliados enviaron a Potidea una flota de 30 trirremes y 1000 hoplitas bajo el mando de Arquéstrato. Esta expedición había sido destinada en un principio para atacar el territorio de Pérdicas, pero fue dirigida a Potidea para tomar los rehenes que habían exigido, demoler la muralla y mantener vigiladas a las ciudades vecinas.

Ante esta situación, los potideatas enviaron embajadores a Atenas para persuadirlos de que no tomaran medidas contra ellos y a Esparta para procurarse su apoyo ante cualquier contingencia. Si bien no lograron una respuesta favorable en Atenas, Esparta prometió invadir el Atica en el caso de que fueran atacados por los atenienses. A pesar de que esta promesa no se cumplió, dio píe a Potidea para pactar con los calcideos y sublevarse del dominio ateniense.

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Mundo Egeo antes de la Guerra

Cuando los comandantes de la flota ateniense descubrieron que Potidea se había sublevado, decidieron volver a la costa macedonia para continuar la guerra contra Pérdicas puesto que no les era posible luchar en dos frentes con tan solo 1000 hoplitas. Ante la presencia de naves áticas en Macedonia, Corinto vio en peligro sus intereses en la región y envió una expedición de voluntarios conformada por 1600 hoplitas y 400 soldados de infantería ligera a Potidea bajo el mando de Aristeo, quienes llegaron a la ciudad 40 días después de iniciada la sublevación. Cuando Atenas se enteró de que las tropas de Aristeo estaban en camino, envió un nuevo ejército contra las ciudades rebeldes, constituido por 2000 hoplitas y 40 naves bajo el mando de Calias y otros cuatro estrategos. Las nuevas tropas atenienses se dirigieron primero a Macedonia donde se acoplaron a los 1000 soldados de la expedición anterior, que para ese momento habían tomado Terme y comenzado un asedio a Pidna. Pero movidos por la necesidad de luchar contra las ciudades sublevadas, firmaron con Pérdicas un pacto de paz temporal y marcharon rumbo a la península Calcídica.

Las tropas atenienses, que en ese momento ya eran 3000 hoplitas liderados por Calias y 600 jinetes macedonios comandados por el hermano conspirador de Pérdicas, llegaron a píe a un pequeño emplazamiento llamado Gigono y acamparon. Las tropas corintias y potideatas ya habían acampado en el istmo de Palene, con la infanteria al mando de Aristeo y la caballería dirigida por Pérdicas (que ya había roto el tratado el pacto de paz temporal con Atenas).

Aristeo buscó mantener a su ejército en el istmo mientras que sus aliados calcideos y la caballería de Pérdicas se ubicaban en la ciudad de Olinto, para que de esta manera, si Calias los atacaba, las tropas de Olinto acudirían a auxiliarlos y encerrarían a los atenienses entre los dos ejércitos. Sin embargo, Calias y los otros estrategos previeron esta situación y enviaron a la caballería macedonia y algunos soldados aliados hacia Olinto para anticiparse. Acto seguido levantaron el campamento y marcharon a Potidea donde finalmente ambos ejércitos se enfrentarían.

Comenzada la batalla, el ala de Aristeo y las tropas de élite de Corinto derrotaron a la sección de la línea ateniense que tenían en frente y la persiguieron largo trecho mientras que el resto de los atenienses resultaban victoriosos contra los peloponesos. Aristeo, al enterarse de la derrota del resto del ejército, dudaba por que camino regresar debido al contingente ateniense apostado cerca de Olinto. Decidió volver a lo largo de la costa con la esperanza de evitar también a la falange principal. Una fuerza de reserva de potideatas, localizada en la polis vecina de Olinto, intentó ayudar a Aristeo pero fueron derrotados. Finalizada la batalla, los atenienses erigieron un trofeo y permitieron a los potideatas la recolección de los cadáveres de sus soldados.

Los atenienses permanecieron fuera de Potidea y construyeron una muralla para iniciar el asedio. Como no eran suficientes para bloquear las dos salidas de la ciudad, fueron reforzados por otros 1600 hoplitas comandados Formión, quienes terminaron de amurallar la puerta sur de Potidea y cortaron su salida al mar mediante un bloqueo naval.

Aristeo, el comandante corintio, propuso dejar en Potidea a un grupo de 500 hombres para su defensa y que el resto huyera por mar. De esta manera, la ciudad aguantaría más tiempo al consumirse menos suministros. Sin embargo, la idea fue rechazada y Aristeo huyó de Potidea por su propia cuenta. Se unió a la lucha de otras ciudades sublevadas de Calcidea y comandó un ataque contra la ciudad de Sermilia. En cuanto a Formión, aprovechó para saquear con sus hoplitas las localidades de la península. Mientras tanto, Corinto ayudaba de manera no oficial a Potidea infiltrando grupos de soldados dentro de la ciudad sitiada para ayudar en su defensa. Estos acontecimientos fueron una violación directa al Tratado de los Treinta Años, que, entre otras cosas, había estipulado que las Ligas de Delos y del Peloponeso respetarían mutuamente sus autonomías y cuestiones internas.

Alcibíades y Sócrates estuvieron entre los soldados atenienses que lucharon en esta batalla, en la cual el filósofo salvó la vida de su pupilo. En el Museo Británico se conserva el epitafio referente a los muertos del enfrentamiento que reza lo siguiente: «El éter recibió sus almas, y la tierra, sus cuerpos».

Tercer desencadenante: Decreto de Megara

Una nueva provocación surgió en forma de un decreto ateniense. Este imponía estrictas sanciones comerciales contra Megara (otra aliada de Esparta tras la Primera Guerra del Peloponeso) que supuestamente había ocupado tierra sagrada en Eleusis para cultivarla. Las sanciones, conocidas en conjunto como el Decreto de Megara, prohibía a los megarenses entrar en los puertos y mercados del imperio ateniense. Basicamente estas sanciones económicas se impusieron para perjudicar no sólo a Mégara, sino también a sus aliados que se beneficiaban de su comercio. Esto se vería por Esparta como otro movimiento de Atenas para debilitar a sus rivales y extender su dominio, influencia y poder. Mégara era también un punto estratégico cercano a Atenas que proveía a Esparta de posibles puestos militares así como de ventajas económicas.

En medio de estos eventos, los espartanos llamaron a una reunión de la Liga del Peloponeso en Esparta en el año 432 a.C. Esta reunión recibió a representantes de Atenas así como tambien de las ciudades miembros de la Liga y se convirtió en el escenario del debate entre atenienses y corintios. El historiador Tucídides cuenta que, hasta ese momento, los corintios habían condenado la inacción de los espartanos, advirtiéndoles de que, si seguían pasivos, pronto se hallarían rodeados de enemigos y sin ningún aliado. Como respuesta, Atenas recordó a Esparta su historial de victorias militares contra Persia y le mencionó los peligros de enfrentarse a un Estado tan poderoso como el ateniense. Imperturbable, la mayoría de la asamblea espartana votó que los atenienses habían roto la paz y le declararon formalmente la guerra.

 

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